Chiaraje, un rito, una batalla

January 16, 2016

Cuerpos caídos y armas alzadas, caballos y riendas, ondas y huaracas, más son las multitudes embravecidas, el descontrol total que forman parte de un extraño misticismo de la provincia de Canas. Salen despedidas las piedras de los Checcas y lo Quehues, que son rivales en la lucha, pero fraternos vecinos.

CHIARAJE, UN RITO, UNA BATALLA

El chocar de las rocas da inicio al rito, los aullidos humanos y los gritos de la Pachamama. Cada 20 de enero en el día San Sebastián, los efectos del cañazo dan valor a los pobladores de Canas para enfrentarse en el Chiaraje, una antigua batalla ritual que se realiza en el fundo de Ccanccahua, donde se dice que Tupac Amaru II entrenada entre miles de hombres para enfrentarse a los españoles, un lugar que se encuentra a 4,000 metros sobre el nivel de mar y a 4 kilómetros de la capital de Canas

Este combate busca complacer a la madre tierra para asegurar las buenas cosechas de año. Así, los de Checca insultan a sus vecinos diciéndoles “quehueño ollaco carmo” (quehueño fiambre de olluco) porque en la zona abunda dicho producto. Los de Quehue responde con “Checca laycca” que quiere decir “Checca brujo” en razón de que existen muchos brujos que personifican a la tierra, llaman y dialogan con los espíritus. Pero nada de esto puede llevar puede aseverar que se trate de antagonistas irreconciliables.

Chiaraje, palabra al parecer de origen Aymara “Chiara aje” que en quechua quiere decir, peñón negro, otros sostienen que es el acto mismo de la lucha.

Por ser Chiaraje, juego predilecto de los hombres de esta parte de la gloriosa Canas, tierra donde nació José Gabriel Condorcanqui y Noguera, Tupac Amaru II, éste sirve de escape a sus penas y sus dolores.

Los participantes se preparan alegremente desde varios meses antes, oran trenzado sus hondas, oran alistando sus vestidos que lucirán ese día, así como engordando sus mejores caballos porque la fiesta será en grande. Los preparativos adquieren contornos especiales dignos de tomarse en cuenta, pues en las faenas agrícolas, en el campo durante el pastoreo de ganado y en las noches, no se escucha otra música que la alusiva a Chiaraje, especialmente entre los jóvenes de ambos sexos.

El día de la gran fiesta, desde muy temprano, grupos de hombres camino a Chiaraje llaman a los que todavía están en sus casas, invitándolos para que de una vez inicien el viaje, diciendo así. “jacuña tupayman” vamos ya a la lucha.

Todos los caminos que conducen a Chiaraje se ven poblados de hombres y mujeres, unos a pie, otros a caballo. Las mujeres llevan sus fiambres consistentes en el exquisito “cancacho” o sea carnero horneado, pues la fiesta se merece lo mejor.

Por todas partes comienzan a resonar los pincuyllos, instrumentos propios de la zona. Después de una hora de recorrido, el gran escenario comienza a recibir a sus huéspedes, no importan las lluvias ni las nevadas.

Cuando ambos bandos ya se encuentran en sus respectivos paraderos o “sayañas”, simultáneamente los hombres bajan hacia el campo de batalla y toman sus emplazamientos, están frente a frente formando tres líneas colaterales, de 100 metros más o menos cada una.

Los de a caballo se ubican en la retaguardia, cuya misión es, apoyar a los infantes azuzando para que avancen en bloques y hagan retroceder al adversario, pudiendo en este caso, cargar con furia y tomar prisioneros si es posible, para eso llevan sus zurriagos como arma. Por otra parte, un grupo de infantes quedan atrás, llevando como consigna apoyar a la línea que retrocede por el empuje del contrario, auxiliar a los heridos si son graves y ponerlos a buen recaudo.

La distancia se separa cada línea respecto al enemigo, no pasa de 20 metros, pudiendo inclusive estar a golpe de mano en determinados momentos, depende de la euforia y la emoción.

La batalla generalmente comienza a las nueve de la mañana, no hay jefes ni caudillos que dirijan, solo los más valientes osan en dar la iniciativa dando la voz de: “Al ataque” y comenzó la lucha. Ambos bandos entran en acción con furia inusitada ya que previamente se habían tomado sendas copas de cañazo, todos comienzan a lanzar piedras contra sus contrincantes, empleando como arma sus hondas o waracas, desplazándose de un lugar a otro a medida que la lucha adquiere intensidad.

El campo de batalla se convierte en un escenario de acción impresionante para propios y ajenos, seguido de gritos e insultos recíprocos por aquí y por allá, movimientos de gente de uno y otro lado, la verdad es un loquerío, se escucha el resonar de las hondas cual si fueran ráfagas de ametralladoras, de pronto se ven algunos heridos, éstos si son de gravedad son auxiliados, pero si son leves no importa, siguen en la lucha aun cuando estén sangrando por sus heridas, más valor, más valentía, el hecho es estar presente y ganar la lucha.

Mientras los varones están en el fragor de la lucha, las mujeres bailan en ronda “qaswan” al son de los pincuyllos entonados por los que no participan, a la vez que arengan a los hombres para que ganen, con cantos satíricos contra el enemigo.

Después de tres horas de lucha, terminó la primera parte, alguien de cualquier bando da la voz de “basta”, a esa voz todos paran y se dirigen a sus paraderos o “sayañas” por un tiempo necesario como para recuperar energías, pues ahí se come el fiambre como ya hemos dicho, consistente en un exquisito “cancacho”, carnero horneado con chuño y moraya, potajes típicos de la culinaria caneña, luego se toma chicha y algo de cañazo.

Algunos hombres entran a la ronda de las mujeres que “qaswan” dando mayor alegría al ambiente, pues entrelazándose con sus hondas forman un círculo concéntrico alrededor de la ronda, dan pequeños saltos sincronizados.

El descanso terminó y comienza la segunda parte de la lucha, esta vez bajo la neblina y persistente llovizna cordillerana, eso no importa ya que por los efectos del alcohol los ánimos están caldeados y sienten el enorme deseo de realizar cualquier hazaña que pueda sindicarlos como el mejor luchador del año.

Esta vez la lucha adquiere contornos dramáticos de ambos bandos, no importa el frío ni la lluvia, solo les anima el deseo vehemente de ganar. Por la bravura y la intensidad de los combatientes, cualquier bando puede ganar haciendo retroceder al enemigo hasta fuera del escenario, pero sin tocar en lo absoluto a las mujeres y observadores que se encuentran en su paradero o “sayana”, alejado del campo de batalla.

Ya con el sol desapareciendo entre los cerros, es las seis de la tarde, depende de la euforia y la emoción, alguien da la voz de “basta” y todos paran, se acostumbra decir, hasta el próximo combate o hasta el próximo año.


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